Sos la estrella del planeta donde quiero quedarme.

Ahora es todo más claro, ahora que estás a mi lado de repente aparezco.

Salgo de este cuarto oscuro donde tuve tanto miedo, miedo a estar sola conmigo.

De repente, algo se enciende. Siento. Siento calor en mis adentros.

Mi boca empieza a sonreír,

Mis ojos hablan,

Dicen palabras de amor,

Llenas de vida.

Y yo, que entre tanto negro, decidí tirarme al abandono, ahora camino al lado de tu luz.

Sos la estrella del planeta donde quiero quedarme.

La luz que me hace brillar.

Charla con mi espejo

No estás gorda,

eso de ahí es magia.

No tenes la piel seca,

está asustada.

Tu nariz no es muy pequeña,

es tímida.

Tus pechos no son horribles,

son cómodos.

Tu risa no espanta,

espanta que no te rías.

Y tu mente es preciosa,

verdaderamente preciosa.

No es el ancho de tus caderas, ni el largo de tu pelo, ni el de tus piernas lo que te hacen linda. No estás loca por creer en cosas distintas.

Deja de torturarte,

dejate en paz.

Marchítame, a mi y a mi herida.

Sáname para luego dejarme sin nada.

Mata a todo lo que duele,

Déjame navegar en la incertidumbre,

Dame luz, llévate a mi sombra.

Escurre de mis venas todo aquello que me ha hecho daño para luego dejarme sola.

Sola sin esta tristeza que no se va,

Sola de rencores y pasiones.

Vuélveme el alma buena y piadosa que todos desean tener para luego dejarme sin nada.

Nada,

Nada,

Nada.

No soy nada sin todo esto que me hiere y que me asusta.

¿Ya ves, querido, cómo no puedes salvarme?

Me siento desgarrada,

Vacía.

Pensándolo bien, deja todo como está.

Quiero quedarme con mis letras,

Acurrucarme con ellas,

Hacerlas canciones.

Navegar en un río de emociones,

No parar de remar hacia el lugar que espero pero no puedo encontrar.

La tierra firme me hace mal,

La tierra firme me hace daño.

No me marchites,

Yo crecí flor herida,

Yo amo a destiempo,

Yo sufro, sufro contenta.

Mi compañía es este eterno buscar,

No quiero encontrarte,

No me la quites.

Siempre nos tendremos

en este lugar al que llamamos “nuestro”.

Esto que sentimos,

siempre estará ahí,

guardándose,

a la espera.

Y el día en que volvamos

sonreirá con ambos,

se pondrá contento.

Nos saludará pensando

que es tiempo de recordar.

Segundo

Le teme a estar sola,

Te habla, cuando está aburrida.

Sos la llave para que escape.

Te dice que te quiere,

Tú lloras,

Quieres quererla siempre.

Y luego, te dice la verdad,

No te quiere,

No así,

Nunca lo ha hecho.

Sos, una especie de reserva,

Y estás ahí guardado,

En caso de soledad.

Zig-zag

Tengo un amor que me destiñe un poco. Es sincero cuando habla y no se le da eso de la fantasía.

A veces, le hago preguntas ingenuas con la gana de que me responda algo dulce, pero él nunca lo hace.

Yo lo amo, con sus pensamientos alborotados y sus mil dudas. Lo amo, no con el corazón ni con la cabeza, con todo el cuerpo.

Por las tardes, cuando todo esta en silencio, se vuelve romántico. De esos que me recomendó mi abuela. Me abraza y me besa y me ve fijamente a los ojos. En esos instantes, me devuelve el color.

Tengo un amor que me destiñe un poco. Me dice bonita. Duerme con calma a mi lado.

Tengo un amor que me destiñe un poco, y que me regresa a la vida

Cada que aparece.

De un cerezo y un amor

Andrea tenía un cerezo y un beso guardado para aquel amor que siempre quiso. Su madre era una mujer ejemplar, de faldas largas y tacones discretos, que le enseñó, desde muy pequeña que, “eso de amar, es de una vez” y que debía amar a un hombre. Andrea, siempre la escuchó, más que afanada, esperanzada por la vez, aquella vez, en la que conocería al amor.

Andrea salía todas las mañanas con perfume en el pecho. Salía, con el pelo hecho y una sonrisa enorme. Andrea pensaba “hoy es el día, hoy conoceré su nombre” y saludaba, con esa frescura que tanto la caracterizaba, al mundo entero.

Pero Andrea no gustaba de los chicos del mercado, los encontraba, por mucho, algo interesantes. Nada más.

Andrea pensaba en su cerezo y en esos besos, todos esos besos que quería darle al amor, Andrea, esperaba a aquel cariño como lo esperó su madre y cerraba los ojos, apretándose hasta el alma y deseando que apareciera. Pero el amor por algún chico, jamás apareció.

Andrea tiene veintitrés, un cerezo y una carrera universitaria. A Andrea le gusta cuidar niños por las tardes e ir a la oficina por las mañanas. No se ha quitado la sonrisa, Andrea, a veces llega cansada a la casa y se ve al espejo y se pone seria. Andrea llora y grita, llora, y, grita y se pregunta “qué ha pasado contigo, todos estos años”. Piensa que está sucia del corazón, quiere condenarse a una vida de soledad.

Andrea comenzó a vestirse más elegante, ahora es un miembro importante de una junta directiva de quién sabe qué. Ni a ella, ni al resto del mundo les interesa su puesto millonario. Andrea, cierra los ojos cuando todos se pelean, pelean por fantasmas del pasado, a ella qué le importa. Andrea fantasea con encontrarlo, dónde está ese amor que su mamá prometió tanto.

Andrea tiene treinta y cuatro, ahora es aún más recatada. Se siente sola y no se cuida mucho. A veces llora pensando que la vida se le está pasando. Es muy nostálgica, llora tanto.

Andrea, hubiera cambiado todo, todo, por un poco de cariño, por un momento de locura. Camino a la tumba de su madre, empieza a llorar, se pregunta si la vida da igual y entonces, reza en silencio. Al llegar con su madre, le pregunta algunas cosas sin respuesta, “por qué te fuiste tan rápido, por qué mi padre también se fue, por qué nadie me ama”. Andrea, se tumba cabeza contra el piso y llora. “Por qué amo tan distinto”. Luego se queda viendo al horizonte y respira para calmarse.

Andrea tiene treinta y seis. Decide volver del café un gusto habitual, piensa, “qué importa ya” y lleva, unos dos años, amando pequeños instantes en la vida. Se ha dado cuenta que el amor no es uno, si no unos varios. En la caja de no sé cuál cafetería, pide un café negro y “amargo, como la vida”. Después de haber recibido el café y justo al levantar la mirada, se topa con lo más dulce de la vida, el amor. El amor anda muy bien vestido, es una chica sonriente de pelo corto, marrón, y labios cereza. Andrea piensa, “yo tuve un cerezo y ahora, tengo un amor”. Sin tanta prisa, se le acerca y le pregunta “en dónde habías estado” a lo que el amor responde, “buscándote”.

Andrea tiene cuarenta y siete. Amó su vida entera a su cerezo y a las mujeres. En su vida, ha tenido siempre una sonrisa puesta. También ha lidiado con problemas de intensidad sentimental severos y un deseo profundo de cariño. Andrea, es una mujer dichosa, después de todo, encontró al amor, lo demás qué importa.

Haisel

Haisel en verdad que es una chica afortunada. Tiene un penthouse en Barcelona con piscina en el techo.

Haisel mantiene una piel muy delicada, tiene una rutina diagramada para cuidarla siempre. Al despertar, se baña en agua tibia, ni muy fría, ni muy caliente. El siguiente paso es secarse con una toalla de algodón. Luego toma jugo de zanahoria y sale a broncearse en la terraza. 15 minutos por lado. 15 por el otro. Al regresar se humecta las resequedades con una crema de miel y almendras. No se atormenta, lo hace todo despacio.

Haisel se casó hace dos años. Como no se le daba lo de ser útil, aprendió a ser la perfecta ama de casa. Todos los días, desde la terraza, se quedaba esperando al que llamaba suyo. Todo salía bien hasta que suyo empezó a llegar tarde, fue entonces cuando Haisel empezó a sospechar, suyo ya no se veía igual. ¿Estaría suyo siendo de alguien más?

Haisel tenía un viaje programado. Se trataba de la visita anual a su madre. Cogió sus maletas y entonces, se fue. Pensó que suyo iba a extrañarla y extrañar es como el azúcar que endulza el café, extrañar te borra las impurezas, extrañar te acerca a lo que extrañas.

Haisel está triste, al llegar se encontró con la noticia de la muerte de su madre. Así como llegó se fue, ni siquiera deshizo las maletas.

Haisel regresó a casa antes y se encontró con la otra. Lo que más llamó su atención, fue su piel. Tan suave como algodón, tan dorada como el sol. La otra tenía audífonos puestos, no escuchó a Haisel entrar mientras preparaba desayuno para el que ambas creían suyo. Haisel se acercó al gabinete que se encontraba justo al lado de la estufa, abrió el segundo cajón, sacó un cuchillo.

Las amas de casa, entre otras cosas, aprenden a deshuesar. Y si bien es cierto que no todas lo hacen, Haisel si que lo aprendió.

Dos minutos tardó la otra en morir. Cuando suyo bajó, ya no era posible ser de algo tan muerto. Haisel lo vio a los ojos y justo después de preguntarle ¿por qué? lo mató a sangre fría.

Haisel en verdad que es una chica afortunada. Viuda a los 26, no tiene hijos ni responsabilidades. Pero lo que sí tiene es un penthouse en Barcelona, la herencia de su esposo desaparecido y una piel hermosa.

Cuida su piel con una rutina un tanto curiosa. Lo cierto es que no se trata solo de cremas y sol.

Haisel lleva dos años ya humectando su piel con manteca de miel y almendras. Y nutriéndola con una carne especial, cuando le preguntan que come dice: “a la otra”. Haisel no los engaña, a todos les parece chistosa la verdad. Cuando te traicionan con otra, la pregunta que te viene a la cabeza es: ¿qué tiene ella que no tenga yo?

Y como Haisel es competitiva, no quería que ella tuviera algo que ella no. Entonces Haisel se la comió.

El calambre

Carmelio y Neto, los de la Ángela, eran dos buenos hermanos. Su hermandad trascendía  horizontes, brillaba con los soles, soñaba con las estrellas.

Vida de pueblo, llevaban una vida sencilla, sin ataduras emocionales, sin problemas económicos, sin miedo a perder la libertad. Eran dueños de una vaquita que ordeñaban para leche y queso y de una gallina que ponía el desayuno todos los domingos. Vida de pueblo, felicidad apaciguada.

Carmelio y Neto jugaban todo el día pero había un juego particularmente gracioso que amaban jugar.

Consistía en esperar a que a uno de los dos hermanos fuera vencido por el sueño, una vez dormido, el hermano despierto haría un cuadro pequeño con una servilleta doblada, la insertaría entre el dedo pulgar y anular del pie del hermano dormido y por último, le prendería fuego.

Juegos de niños, le llamaban “el calambre” porque al momento en que la llama alcanzaba el dedo gordo del pie, la pierna se tensaba y el hermano dormido despertaba corriendo y preocupado por apagar el fuego.

Vida de pueblo, despertar con el sol brillando a través de la cortina y ver pasar el día sentado a la orilla del río.

Un día llegó la guerra y se comió todo a su paso, todo fue fuerte y doloroso, pero hubo una cosa que -como pueblo- me afectó en particular, algo que jamás olvidaré y esto es el final de Carmelio y Neto. Trece y siete años.

Entraron armados infundiendo temor. Quemaron casas, carros y personas. Cuando Neto y Carmelio oyeron los gritos se escondieron debajo de la mesa donde la Ángela, su queridísima madre, hacía los anicillos. Dos pelones entraron a la casa y le dieron vuelta a todo. Uno de ellos los vio, fue entonces cuando los tomaron de los calzones y los llevaron arrastrados hacia la cancha. Llevaban en sus manos unos leños, maíz crudo y unas pitas.

Amarraron sus piernas a los leños y regaron el maíz entre la soga y sus pies descalzos, cuando estaban listos en la trampa les dijeron: “miren patojos, total que huérfanos ya son”. Por la cara de Neto se vio pasar una lágrima enfurecida y fue entonces cuando uno de los desalmados tiró el fósforo.

Carmelio, hermano mayor de Neto, tomó, la mano de su pequeño mejor amigo y le dijo: no te preocupes Neto, vamos a jugar al calambre.