A la niña que me regaló un libro usado

Mi aventura

El primer recuerdo que tengo de pequeña es en un parque. Era un parque hermoso, lleno de grama. Al centro, había un columpio de llanta y un resbaladero rojo con estrellas celestes. También había un pasamanos de madera. Recuerdo haber crecido ahí, rodeada de aventura, de bosque y de amigas. Entre todas ellas, había una niña que tenía una manía extraña: regalaba libros usados. “¡Libros usados!” le contaba a mi madre, “libros, ¿por qué no nos regala una Barbie?”. El mismo año, la niña llegó a mi cumpleaños. Llevaba consigo un paquete pequeño color azul cielo. Adentro, había un libro, se trataba del Pulgarcito. Cuando todos se fueron, ignoré su regalo a sabiendas de que era un libro. ¡Un libro! Y no una Barbie. Meses después, no sé si por aburrimiento o por curiosidad, lo tomé en mis manos. Resultó que los libros no eran tan malos.

Después de ese día, mi corazón fue conquistado. Quería saber más de aquellos seres misteriosos de varias páginas. Empecé mi recorrido por el mundo de los libros juzgando las portadas: sí, yo fui una niña que juzgó a cada libro que tuvo en sus manos por su portada —y que quedé claro que, todavía lo hago— en fin, fui a explorar la librera de mi casa en busca de aventura.

Cuando la tenía enfrente, noté por primera vez que en mi casa nadie leía. ¿Por qué? Bueno, pues nuestra librera era bastante pequeña, de unos cuatro estantes. El último estaba lleno de cartapacios con lo que parecía ser la tesis de mi mamá y los documentos que utilizó para hacerla. La tercera de arriba para abajo estaba llena de cajas con sobres que no recuerdo que tenían. La primera y la segunda tenían libros de cocina y un libro con historias de la biblia. Y con tan poca elección y tan solo unos doce años, decidí empezar a pedir que me compraran libros.

Así empezó mi aventura.

¿A qué vine al mundo?

Lo más importante de leer para mi era que la actividad me distinguía del resto de miembros de mi casa. Mi mamá y mi heramano amaban cocinar, mientras que yo no podía ni cocer pasta. Para mi mamá y mi hermano las matemáticas eran muy fáciles y yo sigo preguntándome cómo pude ganar mate uno. Entre ellos había cierta sintonía donde yo nunca iba a poder encajar, y yo me preguntaba constantemente: ¿a qué vine al mundo? Desesperada y un poco triste, debo admitir, comencé a buscar historias que pudiera vivir dentro de los libros.

Fue hasta después, mucho tiempo después, que descubrí que lo que a mi me gustaba era leer y escribir. Que tal vez a eso vine al mundo.

Mi hermano odia leer

Y bueno, durante este camino me topé con muchos buenos comentarios: “¡Qué bien que estás leyendo!”, “leer te nutre el alma”, “quién lee, vive dos veces” y demás. Pero, también me topé con muy malos comentarios. Los peores me los hacía mi hermano, que se jactaba de que odiaba leer, que no necesitaba hacerlo y que a él simplemente no le gustaba eso. Y yo pensaba, ¿por qué no le gusta leer?

Bueno, resulta que mi hermano vivió sin ver hasta los once años —creo, tal vez fueron más—, porque necesitaba anteojos y nadie se daba cuenta. Para él leer para el colegio —y digo, cualquier cosa, hasta el pizarrón— era una tortura. ¡Y qué niño no va a odiar leer si no puede hacerlo! Más adelante, su odio hacia la lectura era solo reflejo de algo que alguna vez odió: no poder ver bien.

Sin embargo, yo quería que él se aventurara al mundo de la lectura y me preguntaba cómo lograr que lo hiciera. Recientemente, creo haberlo logrado. Aquí hay un secreto que no le dicen a nadie cuando llega al mundo: no todos somos iguales, ni a todos nos gusta lo mismo. Está bien si a ti no te gusta leer a los clásicos, está bien si no quieres leer un libro de más de cien páginas. Yo trataba que mi hermano leyera novelas de amor, de guerra y hasta de miedo, pero, a mi hermano le gusta el diseño, la fotografía y la gastronomía.

Y al final, ¿pudo leer un libro? Sí, sí pudo. Leyó primero un libro de fotografía, muy atractivo para la vista, y luego leyó uno de diseño gráfico. Ahora lee artículos de cocina, blogs de fotografía y alguna que otra novela gráfica. También leyó un libro con la biografía de su cantante favorito.

Mi hermano sigue odiando leer novelas de amor.

¿Qué hago?

Mi mamá decía que a la fuerza ni la comida es buena. ¿Cuál es mi recomendación? Que no fuercen su lectura. Lean las cosas que les gustan, lean a su ritmo. No traten de leer rápido, disfruten. Hagan un espacio cómodo de lectura para leer: yo recomiendo el sillón, una lámpara para ver mejor y algún tentempié.

Y si no sé qué leer, ¿qué hago? Vayan a la librería más cercana y busquen un libro que les guste. Lean la contraportada, vean los colores de la portada, analicen si les gusta el nombre del libro, si la cantidad de páginas les parece razonable y luego, compren su libro. Y ojo, ¡paciencia! Se van a confundir. Cuando uno se adentra al mundo de la lectura, es usual escoger mal los libros varias veces.

¿Por qué?

La vida es complicada. Muchas veces nos encontramos en situaciones en las que no quisiéramos estar: estudiando una carrera que no nos gusta, pensando de qué vamos a vivir cuando seamos grandes —si no es que ya lo somos y no tenemos de qué vivir—, cuestionando a dios por no cumplirnos los deseos que expresamos en rezo y en silencio. Pero hay pequeños momentos por los que vale la pena vivirla. Muchos de esos momentos, yo los he encontrado en libros.

Las historias de amor nos salvan el alma. Las de aventura nos dan ganas de vivir. Las historias de miedo nos hacen temerle al mal y agradecerle al bien. Las historias de pasión nos hacen salir al mundo a conquistar nuestros deseos.

Tal vez el resto de nuestra vida va a seguir siendo como ya lo es hoy, viviremos en la misma ciudad, saludando a la misma gente y encontrándonos con nuestros viejos familiares en los mismos cafés. ¿Y quién podrá salvarnos, entonces? Un libro. Si están buscando razones para leer, yo diría que la más fuerte es que, leer es una fuente de inspiración.

Después de todo, ¿qué es un libro? Un mundo en el que se cuenta la historia de algunos personajes fantásticos que decidieron hacer algo diferente con la vida, unos personajes que no tuvieron miedo a enfrentarse al sistema. Seres fantásticos que encontraron el sentido de estar vivos y no se conformaron. Y, ¿qué es la vida? Una historia de algunos personajes maravillosos que deciden afrontarla y vivirla. Unos personajes que buscan cumplir sus sueños, conquistar el amor, conquistar la amistad, llenarse de aventura. La vida es un camino que vale la pena recorrer, cueste lo que cueste, y un libro sería un buen compañero para evitar perder la esperanza en el camino.

¿Qué leen?

Esta semana leí un articulo de Italo Calvino, titulado: “Por qué leer a los clásicos”. Me llamó la atención porque en su introducción nos hace ver que, por más que seamos ávidos lectores, nos quedan muchos clásicos por leer. Hagamos algo, cuando salga de los privados (a finales de noviembre de este año, si mi cerebro quiere) empiezo a leer algunos clásicos que tengo en fila (¿Madame Bovary cuenta como clásico?).

El artículo de Italo Calvino tiene un sesgo: la edad. Pues dentro de él, recomienda releer a los clásicos en una edad más madura. ¡Y bueno! Como yo tengo veintitrés y ni siquiera he podido leer muchos de los clásicos, no puedo comentar sobre esto.

Lo que sí puedo comentar es sobre algunas cosas que ya he encontrado en la literatura.

“El clásico no nos enseña necesariamente algo que no sabíamos; a veces descubrimos en él algo que siempre habíamos sabido (o creído saber) pero no sabíamos que él había sido el primero en decirlo (o se relaciona con él de una manera especial)”. 

Esto me recuerda a mis clases de filosofía cuando tenía diecisiete años (juventud, divino tesoro -no se burlen, me siento vieja de alma-). La primera vez que leí el discurso del método y pensé: yo ya había pensado eso. Me pasó con muchos otros autores, especialmente, con Voltaire. Recuerdo haberme sorprendido mucho mientras pensaba: esto es lo mío, aquí pertenezco (y para una niña que odiaba el colegio, el fútbol y no tenía clase favorita, eso fue verdaderamente gratificante).

Luego me pasó con la poesía. Yo era Neruda cuando me enamoraba; yo era Nicanor Parra cuando pensaba en la muerte; yo era García Lorca (pero no sé decirles por qué, solo me encantaba). Y pensé: ¡esto es lo mío! Y ahí me quedé.

“Y ésta es también una sorpresa que da mucha satisfacción, como la da siempre el descubrimiento de un origen, de una relación, de una pertenencia”. ¡Y seguro que yo creía que pertenecía ahí! A esos versos, a esa manera de pensar.

Otra idea de Italo Calvino que me gustó fue la de equilibrio entre los libros clásicos y la actualidad, porque, ¡vamos!, aunque quisiéramos leer todos los clásicos del mundo, no nos daría tiempo. Menos tiempo nos daría si intercaláramos todos los clásicos con un poco de literatura moderna (más todo lo que tenemos que hacer en nuestro diario vivir). ¡Yo a veces me siento dichosa cuando leo tres novelas en seis meses! (Aunque, desde que estudio Literatura, leo como una al mes).

Me gusta esta idea de equilibrio porque, después de todo, si lo que buscamos en la literatura es un sentido de pertenencia, se vale pertenecer también a lo actual. Creo que leer clásicos nos ayudan a entender el origen, leer literatura contemporánea nos ayuda a sazonar el origen.

Y bueno, para terminar, quiero dejarlos con una frase del artículo:

“No queda más que inventarse cada uno una biblioteca ideal de sus clásicos; y yo diría que esa biblioteca debería comprender por partes iguales los libros que hemos leído y que han contado para nosotros y los libros que nos proponemos y presuponemos que van a contar para nosotros. Dejando una sección vacía para las sorpresas, los descubrimientos ocasionales”. 

Todas las citas son de Italo Calvino. (Por qué leer a los clásicos, Barcelona, Tusquets (Marginales, 122) 1993).

Comenzar

Lo más difícil del mundo es comenzar, ¿o no? Recuerdo cuando quería empezar a hacer yoga, puse alarma a las seis de la mañana, “si no, no voy a ir en todo el día”, pensé. Luego me fui a dormir. No había comenzado a salir el sol cuando mi alarma estaba sonando, tomé el celular y la aplacé tres veces antes de apagarla en definitiva. Sin embargo, no pude volverme a dormir, me quedé pensando que debía ir, que tenía que hacerlo, que no podía dejar pasar la oportunidad de iniciar las clases, que mañana ya sería martes y entonces, esperaría hasta el próximo lunes, que el próximo lunes ya no sería inicio de mes y entonces, esperaría al otro mes. Perdemos mucho tiempo entre lunes y eneros. Media hora más tarde, decidí levantarme, me vestí y fui a mi primera clase de yoga. Quisiera terminar este párrafo motivacional diciendo que, desde aquel entonces, no dejo de levantarme temprano para ir a yoga, pero, no es cierto. Algunas mañanas todavía me cuesta iniciar.

Lo curioso es que, una vez en yoga gozo mucho la clase. Quisiera quedarme más tiempo y descubrir hasta dónde puedo llegar. Lo mismo me pasa con todo lo que hago, lo difícil siempre es comenzar.

Para escribir vivo el mismo ritual, incluso lo vivo para leer. Me pongo cómoda en una mesa, me siento de chinito, me amarro el pelo, me pongo ropa cómoda. Cuando ya voy a comenzar a escribir, noto que no tengo agua cerca (y a mi me da mucha sed), entonces me paro y tomo una botella de agua, la lleno, me vuelvo a sentar de chinito, me amarro el pelo de distinta forma, ¡qué martirio! ¿por qué hago tanta maroma? Fácil, no sé cómo empezar a escribir. Pero una vez empiezo, no hay quien me pare.

Hoy leí la introducción del ensayo de Amos Oz titulado “La historia comienza”.

“Mi padre escribía libros sesudos”, comienza. “Siempre me envi­dió la libertad que yo gozaba, como novelista, de escri­bir como quisiera, directamente de la cabeza a la página, sin las limitaciones de toda esa búsqueda e investigación preliminar, sin la carga de la obligación de conocer to­ dos los datos existentes en la materia, sin el impedimento de cotejar fuentes, proporcionar pruebas, comprobar ci­ tas y poner notas a pie de página: libre como un pájaro.” 

Libre, como un pájaro, nos dice el autor. Y yo recuerdo a Spiderman cuando uncle Ben le dice: “With great power comes great responsability”. Porque es una responsabilidad ser libre, ¿no?

Luego el autor nos dice que él, por su parte, envidiaba a su padre, pues él tenía toda la información del caso antes de comenzar a escribir. Los escritores, por su parte, tienen una hoja en blanco. La temible hoja en blanco. El escritor no le teme a los fantasmas ni a los asesinos, el escritor le teme a la hoja en blanco (y el que escriba y se encuentre libre de aquel miedo, que tire la primera piedra).

“Él nunca tenía que es­ tar, como yo, sentado contemplando una única y burlona hoja en blanco en medio de un escritorio desierto, como un cráter en la superficie de la luna. Sólo yo y el vacío y la desesperación. Ponte a sacar algo de nada en absoluto.” Yo le agregaría a la ultima frase un: “te reto”. 

Lo más difícil del mundo es comenzar. ¿Cómo hacemos para que nuestro lector se enganche con nuestra primera línea? ¿Cómo logramos que el lector se quede hasta el final?

Les dejo la primera frase de El Túnel, de Ernesto Sábato, para que vean que sí se puede:

“Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona”. 

¡Pero cómo que la mató! ¿Qué pasó? ¿Por qué quiso matarla? ¿Qué hizo ella? ¿De quién fue la culpa? Y mil preguntas más que nos harán leer El Túnel de inicio a fin.

El tip de escritura del día es, entonces, que le pongan ganas a su comienzo. Que lo reescriban las veces que sea necesario y que se tomen el tiempo de releerlo muchas veces. Al final del día, lo más difícil del mundo es comenzar.

 

Vargas Llosa, La verdad de las mentiras

Vargas Llosa inicia “La verdad de las mentiras” diciendo: “Desde que escribí mi primer cuento me han preguntado si lo que escribía«era verdad»”, lo que me llevó directo a un recuerdo de cuando tenía dieciséis, y leí por primera vez un libro que me hizo cuestionar la verdad o mentira de su contendio. Era una autobiografía, realmente, no recuerdo de quien, pero el autor la iniciaba prometiendo contar la verdad. Fue hasta entonces que cuestioné la ficción de los libros que relataban, cómo dice Vargas Llosa, historias realistas.

Desde aquel entonces supe que todas las novelas eran ficción, aun cuando relataban historias que podrían ser ciertas. Pensaba: “hasta en las biografías me mienten”. Pero, nunca lo resentí, todo lo contrario, en aquel entonces ya sabía que me gustaba vivir en mundos inventados.

Recorramos algunos pasos de ficción que nos da Vargas Llosa, nos servirán para entender que la novela no le debe verdades a nadie:

Paso uno:

Las novelas mienten… pero mintiendo expresan una curiosa verdad que solo puede expresarse encubierta, disfrazada de lo que no es… en realidad, se trata de algo muy sencillo. Los hombres no están contentos con su suerte y casi todos —ricos o pobres, geniales o mediocres, célebres y oscuros— quisieran una vida distinta de la que viven. Para aplicar ese apetito nacieron las ficciones.

¿Qué tienen en común las personas que escriben con las que no escriben? Que ambas sueñan con vivir en una realidad distinta a la que viven. Las novelas están hechas por personas que quieren escapar de la realidad y vivir otros mundos. Estas novelas son leídas por personas que no están satisfechas con su mundo y quieren saltar hacia otra realidad.

El ejercicio del escritor es, entonces: tomar la realidad que vive, quedarse con los pedazos que le sirven, inventarse una línea del tiempo que le convenga, con personas que le convengan y, por último, escribir su ficción. ¿Y cuál es su ficción? Pues nada más y nada menos que la que escribe.

En mi caso, yo escribo muchas veces porque me gustaría corregir todo lo que hice mal, todo lo que no dije. Me gustaría vivir las realidades que no pude vivir. Conocer los mundos que no pude habitar. ¿Ustedes escriben? ¿Por qué?

Lo cierto es que, el mundo real es bastante aburrido a veces, claro. Es por esto que al escribir una novela tenemos que deshechar ciertas cosas. Podríamos contar, por ejemplo, que un niño salió de su casa a las seis. Cuando llegó a la calle, machucó una cucaracha y sintió asco por el sonido que hizo al deshacerla. Después podríamos decir que el niño pasó todo el día en el colegio, escuchando la clase de su maestra Josefina, que es pésima guardando la atención de los niños. Luego, el niño regresó a su casa. Hizo su tarea. Blah, blah. Luego entró un asesino a su casa y lo mató, fin de la historia. Aburrida, ¿no?

Lo que quiero decir es que, en la realidad, muchos eventos son aburridos y realmente, no aportan nada a nuestras historias. Es por eso que la novela no puede estar hecha de todo lo que se vivió, tenemos que agregarle un extra de ficción, y ese extra de ficción va completamente por escrito.

Paso dos: 

No es la anécdota lo que decide la verdad o la mentira de una ficción. Sino que ella sea escrita, no vivida, que esté hecha de palabras y no de experiencias concretas. Al traducirse en lenguaje, al ser contados, los hechos sufren una profunda modificación.  

A esta primera modificación la que imprimen las palabras a los hechos— se entrevera una segunda, no menos radical: la del tiempo. La vida real fluye y no se detiene, es inconmesurable, un caos en el que cada historia se mezcla con todas las historias y por lo mismo no termina ni empieza jamás. La vida de la ficción es un simulacro en el que aquel vertiginoso desorden se torna orden: organización, causa y efecto, fin y principio.

Cuando escribimos, decodificamos nuestras historias. Para hacerlo, tenemos que escoger qué cosas contaremos y qué cosas no vamos a contar. Una buena diferenciación de la realidad versus la ficción es el elemento escrito, cómo dice Vargas Llosa, pues, realmente, el mundo del libro comienza y termina en lo que el autor deja plasmado por escrito. La vida real, por su parte, sigue andando pase lo que pase.

Para contar una historia necesitamos elegir el tiempo en el que sucederá. Podemos contarla de forma linear o no linear, podemos agregar los personajes adecaudos para el tema que escogimos y podemos trazar el argumento de la misma de una manera clara. Eso hará de nuestra historia una ficción, pues la vida real es un desastre que no se detiene.

Un cuento, una novela y hasta un poema tienen un orden: van a empezar por esto, este será el meollo del asunto y este será el final. Como escritores somos un Dios que planta a nuestros personajes en el mundo que inventamos. Ese mundo dura lo que querramos, dentro de él pasa lo que se nos dé la gana. La vida real no es así.

La ficción crea un mundo para el lector, dentro de ese mundo, todo pasa intencionalmente.

Paso tres:

¿Qué diferencia hay, entonces, entre una ficción y un reportaje periodístico o un libro de historia? ¿No están ellos compuestos de palabras? ¿No encarcelan acaso en el tiempo artificial del relato ese torrente sin riberas, el tiempo real?

Sobre esto solo tengo que decir: esta es la razón por la cual las noticias son aburridas, porque solo relatan lo que pasó en realidad. ¿Qué pasó en realidad? Nuestros políticos juegan al mico en el gobierno, los asesinos no tienen razón para matar, solo matan, la economía esconde con su mano invisible el dinero y a nadie le interesa la cultura.

Las noticias se validan en medida de la realidad de lo que cuentan, las novelas, por su parte, se miden por la manera de relatar su ficción. Mientras más cercanos nos sintamos a lo que el autor se inventó, más éxito tendrá la novela.

Entonces, la novela es libre de contar su realidad. En ella encontramos pedazos rotos que nos hacen falta. Con ella llenamos los vacíos de nuestra existencia. Algunos autores dicen que solo escriben de lo que vivieron, que solo dicen la verdad, hoy yo vengo a decirles algo: no les crean. En este mundo el autor es un mentiroso nato que solo busca encajar en alguna parte, en algún mundo, alguna línea, algún verso.

Sin nada más que decir, díganme ustedes, ¿cuál es su novela favorita?

Hablemos del Quijote

Este semestre tengo que leer Don Quijote de la Mancha para un curso monográfico en la universidad y decidí compartirles mis comentarios respecto al libro.

Aquí les dejo mi primer comentario, que trata los primeros XVII capítulos.

Comentario personal

La aventura de Don Quijote de la Mancha nos sumerge a todos en un mundo lleno de locuras. ¿Qué será de mi cuando los años pasen? ¿Querré volverme poesía por tanto leer poemas? Quién sabe.

Y es que, a mi parecer, Don Quijote no estaba tan loco, ¿no es más loco vivir la vida tal como nos es presentada? El caballero andante conquistó mi corazón con sus hazañas. Después de todo, Quijano era como cualquier otro amante de las letras que, al conocer tantos mundos, pierde las ganas de vivir en el propio. La diferencia entre el Quijote y nosotros es que, él se atrevió a vivir sus sueños.

De principio a fin fui cautivada por la escritura de Cervantes. Me encontré con frases que me eran completamente ajenas, pero también vi algunas muy familiares, como lo fueron, por ejemplo: “ya estaba el mozo picado”, refiriéndose a que el mozo ya estaba prendido en ganas; “no tengas pena” en referencia a no te preocupes; y “en pelota” refiriéndose a desnudo. ¡Cuántas veces he usado y escuchado estas expresiones! Me llenó de sorpresa verlas en un libro tan antiguo.

Cervantes se ganó mi reflexión durante toda su lectura, con palabras como las que respondió Sancho Panza a Don Quijote cuando este trató de que su escudero se sentara en la mesa a comer con el resto de las personas y Sancho le responde que no quiere por su comodidad. Estar en la mesa no le permite “hacer las cosas que la soledad y la libertad traen consigo”. Y no es cierto, acaso, que la soledad nos hace sentir más cómodos.

También me conquistó con sus poesías en el capítulo XIV:

“Yo muero, en fin, y porque nunca esperé

buen suceso en la muerte ni en la vida,

pertinaz estaré en mi fantasía.”

 

Y con el epitafio del mismo pastor:

 

“Yace aquí de un amador

el mísero cuerpo helado,

que fue pastor de ganado,

perdido por desamor.

Murió a manos del rigor

de una esquiva hermosa ingrata,

con quien su imperio dilata

la tiranía de amor”

La que más me sorprendió fue Marcela, ¡que qué culpa tiene de ser bella! Todos deberían de leer su discurso. ¿Estará a caso loco Don Quijote si fue el único en estar de acuerdo con ella?

Después de haberlo probado, ahora quiero comerme el libro completo. Por lo que veo, Cervantes no dejará de sorprenderme.

No estás sola

¡Hola!

Este año prometí acercarme más a la “blogger” que hay en mi. Decidí que quiero compartirles más sobre lo que hago durante el día y bueno, algunos pensamientos que tengo sobre algunas cosas.

El jueves de la semana pasada, Alejandra Campollo abrió un espacio para que las mujeres que han sufrido algún abuso de parte de un médico lo denunciaran. Recuerdo haberlo visto hasta la noche, después de regresar del cumpleaños de una amiga. Me puse a llorar. Automáticamente tomé la lista de mi seguro para verificar que ninguno de los nombres denunciados estuvieran ahí. Ninguno estaba.

Recordé una charla con un amigo cercano que me decía “que el feminismo ya había ganado su lucha” y preguntaba por qué seguíamos con “la misma cantaleta de siempre” y me respondí en un suspiro: “por esto, es por esto…”

Es difícil saben, probablemente tienen razón cuando dicen que nuestra voz tiene un tinte de rencor. ¿Cómo no va a tenerlo? No se imaginen que porque sus amigas, hermanas o familiares no han sido usurpadas físicamente, no no han sido acosadas. El acoso se vive a diario en Guatemala y es verdaderamente molesto y preocupante.

Son las pequeñas cosas, ¿saben? Como cuando creciste escuchando “no seas niña” como sinónimo de insulto. O cuando te silbaron por primera vez en la calle y no pudiste hacer nada. O aquella vez que fuiste a una date con tu novio y el mesero solo se dirigía a él: “que desea señor” “para mi la carne asada y para la señorita el pollo” porque la señorita no puede hablar. Y luego pediste la cuenta y el mesero se la dio en las manos a él diciendo: “aquí está la cuenta señor” ¡pero si yo se la pedí! Y la excusa de siempre: “es que así fueron criados”, “es que son hombres”, “es que los hombres son como animales vos”. Como animales. Entonces al día siguiente un caballero te abrió la puerta y le dijiste: “gracias, yo puedo” y boom: ESTAS FEMINISTAS SON INSOPORTABLES. CONFUNDEN EL MACHISMO CON CABALLEROSIDAD. CON EL FEMINISMO LAS MUJERES PERDIERON EL DERECHO DE SER TRATADAS COMO DAMAS. QUIEN AGUANTA A ESAS PISADAS, QUE SE COMPREN UN GATO. TODO LO HACEN DESDE EL RENCOR Y EL ODIO. Y tal vez tienen razón, viene un poco del rencor pero, ¿es que, cómo no?

Anteayer vi a una mujer (periodista, decía ella) criticando a las mujeres que peleaban por los derechos de las mujeres. Diciéndoles “arrabaleras, rencorosas” y bueno, ya vieron el post. Y me puse a llorar. Quise decirle: “también es por ti”. Pero no iba a entender. Y entonces dejé el teléfono a un lado y me puse a leer.

Horas más tarde me topé con muchos hombres y mujeres defendiendo a quienes denuncian. Defendiendo a las mujeres que se paran por el resto de mujeres. Rechazando a las personas que vuelven de la víctima una antagonista. “Yo sí les creo”, “yo las apoyo”, “yo las defiendo”. Eran muchos. ¿Adivinen qué? Me puse a llorar.

Amo saber que después de todo, estamos juntas en esto. Que hay organizaciones y personas en Guatemala luchando por los derechos de la mujer.

No estamos solas.

Les recomiendo seguir en Instagram a @chapinasquehablan

¡Les mando amor!

Eugenia

Ayer me pasó algo precioso

Ayer me invitaron a regalar poesía en el Fashion Show de Saúl. Fue una escena mágica. Entre un recorrido dentro del bosque, pusieron una máquina de escribir y hojas de papel en blanco.

Lastimosamente, no pude usar la máquina, pero decidí quedarme y escribir los poemas a mano. Tuve mucha ayuda, mis amigos (Roberto, Luisa, Paul y Rita) se dedicaron a llamar la atención de las personas que iban pasando frente a la mesa. Fue así como muchos se acercaron a pedir poemas, entre ellos, un niño de aproximadamente unos cinco años.

El nene iba con sus papas, que al verme escribiendo, le preguntaron: “¿Quieres un poema?”, a lo que él respondió: “no”. Su papá le dijo que por qué no quería un poema, el nene se me acercó y me preguntó extrañado: “¿Qué es la poesía?” 

Después de un rato, se me ocurrió decirle que la poesía era un pedazo de amor escrito. Él se puso muy contento y me pidió un poema acerca de la naturaleza. ¡El niño me retó dos veces en menos de un minuto! Al final, solo pude darle un poema en estilo “las rosas son rojas, las violetas azules, cuida a las mariposas y la vida te premiará”, ya sé, muy mal.

Ayer me pasó algo precioso. Cuando me pedían poesía, noté que escribir implica una conexión con las personas. Una de las cosas que amo de escribir es poder provocar sentimientos, pero, como todos sienten distinto, es verdaderamente un reto lograr hacerlo. Escribir no es solo escupir tus sentimientos, es lograr que alguien más se conecte con ellos. 

Quiero dedicarme a hacer arte constructivo. A conectar con las personas, estar cerca de ellas. Ahora no dejo de pensar en qué es la poesía. 

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Vídeo: @paulvelas (Instagram)

Foto: @roberto24fj (Instagram)

Cuando tenía 18

Cuando tenía dieciocho, me gustaba escribir. Solía hacerlo en servilletas, en lugares de papel, lugares que se fueron destruyendo. Tenía un cuaderno a líneas con espiral, en su portada decía “sólido”.

Cuando tenía dieciocho, me encantaba construir escenas en mi cabeza. Escenas cortas, pero apasionantes. Y escribía de amor y algunas otras impurezas. Pero, decidí dejarme al abandono, y no conectarme más con lo que en aquel entonces amaba y que aún ahora amo. Entonces renuncié.

Por un breve período de tiempo, no escribí. Me repetía que no iba a estudiar letras porque no quería volver de lo que amo un deber. ¿Qué pasaría si no podía vivir de la literatura? ¿Iba a odiarla por siempre y quedarme sin amor? Y la dejé. Cual cobarde que abandona a quien ama por miedo de dejar de amarlo. Cual cobarde que por miedo a no encontrar reciprocidad, se aleja. Cual esclava de la realidad.

Pero lo que escribo nunca me dejó. Fue un fantasma que me narraba por las noches historias de amor, historias de dolor, de muerte, alivio, pasión. Yo traté de decirle que callara, traté de decírselo muchas veces. Pero no se rindió.

Hoy tengo veintidós, y amo como a nadie a esa voz en mi cabeza que me llena de ganas de escribir, de ganas de leer, de ganas de explorar palabras y sus significados. Acepté el reto de amarla para siempre, de no dejar que la ansiedad por el futuro me detenga de escribir. Me muero de ganas por estudiar literatura y espero que, la literatura me sostenga.

No sé qué sigue, no sé cuáles son realmente mis metas, solo sé que quiero seguir viviendo junto al amor de mi vida, que es escribir.