¿Qué leen?

Esta semana leí un articulo de Italo Calvino, titulado: “Por qué leer a los clásicos”. Me llamó la atención porque en su introducción nos hace ver que, por más que seamos ávidos lectores, nos quedan muchos clásicos por leer. Hagamos algo, cuando salga de los privados (a finales de noviembre de este año, si mi cerebro quiere) empiezo a leer algunos clásicos que tengo en fila (¿Madame Bovary cuenta como clásico?).

El artículo de Italo Calvino tiene un sesgo: la edad. Pues dentro de él, recomienda releer a los clásicos en una edad más madura. ¡Y bueno! Como yo tengo veintitrés y ni siquiera he podido leer muchos de los clásicos, no puedo comentar sobre esto.

Lo que sí puedo comentar es sobre algunas cosas que ya he encontrado en la literatura.

“El clásico no nos enseña necesariamente algo que no sabíamos; a veces descubrimos en él algo que siempre habíamos sabido (o creído saber) pero no sabíamos que él había sido el primero en decirlo (o se relaciona con él de una manera especial)”. 

Esto me recuerda a mis clases de filosofía cuando tenía diecisiete años (juventud, divino tesoro -no se burlen, me siento vieja de alma-). La primera vez que leí el discurso del método y pensé: yo ya había pensado eso. Me pasó con muchos otros autores, especialmente, con Voltaire. Recuerdo haberme sorprendido mucho mientras pensaba: esto es lo mío, aquí pertenezco (y para una niña que odiaba el colegio, el fútbol y no tenía clase favorita, eso fue verdaderamente gratificante).

Luego me pasó con la poesía. Yo era Neruda cuando me enamoraba; yo era Nicanor Parra cuando pensaba en la muerte; yo era García Lorca (pero no sé decirles por qué, solo me encantaba). Y pensé: ¡esto es lo mío! Y ahí me quedé.

“Y ésta es también una sorpresa que da mucha satisfacción, como la da siempre el descubrimiento de un origen, de una relación, de una pertenencia”. ¡Y seguro que yo creía que pertenecía ahí! A esos versos, a esa manera de pensar.

Otra idea de Italo Calvino que me gustó fue la de equilibrio entre los libros clásicos y la actualidad, porque, ¡vamos!, aunque quisiéramos leer todos los clásicos del mundo, no nos daría tiempo. Menos tiempo nos daría si intercaláramos todos los clásicos con un poco de literatura moderna (más todo lo que tenemos que hacer en nuestro diario vivir). ¡Yo a veces me siento dichosa cuando leo tres novelas en seis meses! (Aunque, desde que estudio Literatura, leo como una al mes).

Me gusta esta idea de equilibrio porque, después de todo, si lo que buscamos en la literatura es un sentido de pertenencia, se vale pertenecer también a lo actual. Creo que leer clásicos nos ayudan a entender el origen, leer literatura contemporánea nos ayuda a sazonar el origen.

Y bueno, para terminar, quiero dejarlos con una frase del artículo:

“No queda más que inventarse cada uno una biblioteca ideal de sus clásicos; y yo diría que esa biblioteca debería comprender por partes iguales los libros que hemos leído y que han contado para nosotros y los libros que nos proponemos y presuponemos que van a contar para nosotros. Dejando una sección vacía para las sorpresas, los descubrimientos ocasionales”. 

Todas las citas son de Italo Calvino. (Por qué leer a los clásicos, Barcelona, Tusquets (Marginales, 122) 1993).

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