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Lo más difícil del mundo es comenzar, ¿o no? Recuerdo cuando quería empezar a hacer yoga, puse alarma a las seis de la mañana, “si no, no voy a ir en todo el día”, pensé. Luego me fui a dormir. No había comenzado a salir el sol cuando mi alarma estaba sonando, tomé el celular y la aplacé tres veces antes de apagarla en definitiva. Sin embargo, no pude volverme a dormir, me quedé pensando que debía ir, que tenía que hacerlo, que no podía dejar pasar la oportunidad de iniciar las clases, que mañana ya sería martes y entonces, esperaría hasta el próximo lunes, que el próximo lunes ya no sería inicio de mes y entonces, esperaría al otro mes. Perdemos mucho tiempo entre lunes y eneros. Media hora más tarde, decidí levantarme, me vestí y fui a mi primera clase de yoga. Quisiera terminar este párrafo motivacional diciendo que, desde aquel entonces, no dejo de levantarme temprano para ir a yoga, pero, no es cierto. Algunas mañanas todavía me cuesta iniciar.

Lo curioso es que, una vez en yoga gozo mucho la clase. Quisiera quedarme más tiempo y descubrir hasta dónde puedo llegar. Lo mismo me pasa con todo lo que hago, lo difícil siempre es comenzar.

Para escribir vivo el mismo ritual, incluso lo vivo para leer. Me pongo cómoda en una mesa, me siento de chinito, me amarro el pelo, me pongo ropa cómoda. Cuando ya voy a comenzar a escribir, noto que no tengo agua cerca (y a mi me da mucha sed), entonces me paro y tomo una botella de agua, la lleno, me vuelvo a sentar de chinito, me amarro el pelo de distinta forma, ¡qué martirio! ¿por qué hago tanta maroma? Fácil, no sé cómo empezar a escribir. Pero una vez empiezo, no hay quien me pare.

Hoy leí la introducción del ensayo de Amos Oz titulado “La historia comienza”.

“Mi padre escribía libros sesudos”, comienza. “Siempre me envi­dió la libertad que yo gozaba, como novelista, de escri­bir como quisiera, directamente de la cabeza a la página, sin las limitaciones de toda esa búsqueda e investigación preliminar, sin la carga de la obligación de conocer to­ dos los datos existentes en la materia, sin el impedimento de cotejar fuentes, proporcionar pruebas, comprobar ci­ tas y poner notas a pie de página: libre como un pájaro.” 

Libre, como un pájaro, nos dice el autor. Y yo recuerdo a Spiderman cuando uncle Ben le dice: “With great power comes great responsability”. Porque es una responsabilidad ser libre, ¿no?

Luego el autor nos dice que él, por su parte, envidiaba a su padre, pues él tenía toda la información del caso antes de comenzar a escribir. Los escritores, por su parte, tienen una hoja en blanco. La temible hoja en blanco. El escritor no le teme a los fantasmas ni a los asesinos, el escritor le teme a la hoja en blanco (y el que escriba y se encuentre libre de aquel miedo, que tire la primera piedra).

“Él nunca tenía que es­ tar, como yo, sentado contemplando una única y burlona hoja en blanco en medio de un escritorio desierto, como un cráter en la superficie de la luna. Sólo yo y el vacío y la desesperación. Ponte a sacar algo de nada en absoluto.” Yo le agregaría a la ultima frase un: “te reto”. 

Lo más difícil del mundo es comenzar. ¿Cómo hacemos para que nuestro lector se enganche con nuestra primera línea? ¿Cómo logramos que el lector se quede hasta el final?

Les dejo la primera frase de El Túnel, de Ernesto Sábato, para que vean que sí se puede:

“Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona”. 

¡Pero cómo que la mató! ¿Qué pasó? ¿Por qué quiso matarla? ¿Qué hizo ella? ¿De quién fue la culpa? Y mil preguntas más que nos harán leer El Túnel de inicio a fin.

El tip de escritura del día es, entonces, que le pongan ganas a su comienzo. Que lo reescriban las veces que sea necesario y que se tomen el tiempo de releerlo muchas veces. Al final del día, lo más difícil del mundo es comenzar.

 

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