De un cerezo y un amor

Andrea tenía un cerezo y un beso guardado para aquel amor que siempre quiso. Su madre era una mujer ejemplar, de faldas largas y tacones discretos, que le enseñó, desde muy pequeña que, “eso de amar, es de una vez” y que debía amar a un hombre. Andrea, siempre la escuchó, más que afanada, esperanzada por la vez, aquella vez, en la que conocería al amor.

Andrea salía todas las mañanas con perfume en el pecho. Salía, con el pelo hecho y una sonrisa enorme. Andrea pensaba “hoy es el día, hoy conoceré su nombre” y saludaba, con esa frescura que tanto la caracterizaba, al mundo entero.

Pero Andrea no gustaba de los chicos del mercado, los encontraba, por mucho, algo interesantes. Nada más.

Andrea pensaba en su cerezo y en esos besos, todos esos besos que quería darle al amor, Andrea, esperaba a aquel cariño como lo esperó su madre y cerraba los ojos, apretándose hasta el alma y deseando que apareciera. Pero el amor por algún chico, jamás apareció.

Andrea tiene veintitrés, un cerezo y una carrera universitaria. A Andrea le gusta cuidar niños por las tardes e ir a la oficina por las mañanas. No se ha quitado la sonrisa, Andrea, a veces llega cansada a la casa y se ve al espejo y se pone seria. Andrea llora y grita, llora, y, grita y se pregunta “qué ha pasado contigo, todos estos años”. Piensa que está sucia del corazón, quiere condenarse a una vida de soledad.

Andrea comenzó a vestirse más elegante, ahora es un miembro importante de una junta directiva de quién sabe qué. Ni a ella, ni al resto del mundo les interesa su puesto millonario. Andrea, cierra los ojos cuando todos se pelean, pelean por fantasmas del pasado, a ella qué le importa. Andrea fantasea con encontrarlo, dónde está ese amor que su mamá prometió tanto.

Andrea tiene treinta y cuatro, ahora es aún más recatada. Se siente sola y no se cuida mucho. A veces llora pensando que la vida se le está pasando. Es muy nostálgica, llora tanto.

Andrea, hubiera cambiado todo, todo, por un poco de cariño, por un momento de locura. Camino a la tumba de su madre, empieza a llorar, se pregunta si la vida da igual y entonces, reza en silencio. Al llegar con su madre, le pregunta algunas cosas sin respuesta, “por qué te fuiste tan rápido, por qué mi padre también se fue, por qué nadie me ama”. Andrea, se tumba cabeza contra el piso y llora. “Por qué amo tan distinto”. Luego se queda viendo al horizonte y respira para calmarse.

Andrea tiene treinta y seis. Decide volver del café un gusto habitual, piensa, “qué importa ya” y lleva, unos dos años, amando pequeños instantes en la vida. Se ha dado cuenta que el amor no es uno, si no unos varios. En la caja de no sé cuál cafetería, pide un café negro y “amargo, como la vida”. Después de haber recibido el café y justo al levantar la mirada, se topa con lo más dulce de la vida, el amor. El amor anda muy bien vestido, es una chica sonriente de pelo corto, marrón, y labios cereza. Andrea piensa, “yo tuve un cerezo y ahora, tengo un amor”. Sin tanta prisa, se le acerca y le pregunta “en dónde habías estado” a lo que el amor responde, “buscándote”.

Andrea tiene cuarenta y siete. Amó su vida entera a su cerezo y a las mujeres. En su vida, ha tenido siempre una sonrisa puesta. También ha lidiado con problemas de intensidad sentimental severos y un deseo profundo de cariño. Andrea, es una mujer dichosa, después de todo, encontró al amor, lo demás qué importa.

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