El calambre

Carmelio y Neto, los de la Ángela, eran dos buenos hermanos. Su hermandad trascendía  horizontes, brillaba con los soles, soñaba con las estrellas.

Vida de pueblo, llevaban una vida sencilla, sin ataduras emocionales, sin problemas económicos, sin miedo a perder la libertad. Eran dueños de una vaquita que ordeñaban para leche y queso y de una gallina que ponía el desayuno todos los domingos. Vida de pueblo, felicidad apaciguada.

Carmelio y Neto jugaban todo el día pero había un juego particularmente gracioso que amaban jugar.

Consistía en esperar a que a uno de los dos hermanos fuera vencido por el sueño, una vez dormido, el hermano despierto haría un cuadro pequeño con una servilleta doblada, la insertaría entre el dedo pulgar y anular del pie del hermano dormido y por último, le prendería fuego.

Juegos de niños, le llamaban “el calambre” porque al momento en que la llama alcanzaba el dedo gordo del pie, la pierna se tensaba y el hermano dormido despertaba corriendo y preocupado por apagar el fuego.

Vida de pueblo, despertar con el sol brillando a través de la cortina y ver pasar el día sentado a la orilla del río.

Un día llegó la guerra y se comió todo a su paso, todo fue fuerte y doloroso, pero hubo una cosa que -como pueblo- me afectó en particular, algo que jamás olvidaré y esto es el final de Carmelio y Neto. Trece y siete años.

Entraron armados infundiendo temor. Quemaron casas, carros y personas. Cuando Neto y Carmelio oyeron los gritos se escondieron debajo de la mesa donde la Ángela, su queridísima madre, hacía los anicillos. Dos pelones entraron a la casa y le dieron vuelta a todo. Uno de ellos los vio, fue entonces cuando los tomaron de los calzones y los llevaron arrastrados hacia la cancha. Llevaban en sus manos unos leños, maíz crudo y unas pitas.

Amarraron sus piernas a los leños y regaron el maíz entre la soga y sus pies descalzos, cuando estaban listos en la trampa les dijeron: “miren patojos, total que huérfanos ya son”. Por la cara de Neto se vio pasar una lágrima enfurecida y fue entonces cuando uno de los desalmados tiró el fósforo.

Carmelio, hermano mayor de Neto, tomó, la mano de su pequeño mejor amigo y le dijo: no te preocupes Neto, vamos a jugar al calambre.

Una respuesta a “El calambre”

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